La Biblia desde el siglo XXI

De hipótesis y evidencias va hoy la cosa...

23.06.2018 00:00
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En los dos últimos post he estado comentando el informe de  Avraham Faust y Yair Sapir sobre sus trabajos en el sitio de Tel'Eton, a unos 20 kilómetros al sureste de la ciudad de Kiryat Gat en Israel.

En el primer post me centré en el fundamento que aportaban sus trabajos a la historicidad del reino de David tal como se describe en la Biblia.

El segundo lo dediqué a lo que llaman "el efecto de las casas viejas", el cual explica la razón por las que para ciertos acontecimientos  históricos se consiguen muchas evidencias arqueológicas, mientras que para otros no.

Al hilo de este fenómeno previenen los autores ante la insensatez de utilizar la escasez o falta de hallazgos arqueológicos como argumento en contra de la historicidad de relatos antiguos, bíblicos o no.

Habida cuenta que en más de una ocasión he oído y leído rechazar la historicidad bíblica en base a la falta de evidencias, me ha parecido conveniente continuar este tema de la evidencia, su ausencia y la legitimidad de sustentar hipótesis en base a ellas.

 

Clarificando la evidencia arqueológica

La RAE define "evidencia" como la "Certeza clara y manifiesta de la que no se puede dudar".

Si os fijais, tiene bastante similitud  con otras palabras, como visión, vidente, ver,... Y es que todas derivan del latín "evidentia", que significaba claridad o visibilidad. Personalmente me gusta reservar el término evidencia sólo para lo que es evidente e inmediato a nuestros sentidos, pero...

... Pero lo que parece sencillo sobre la definición se complica bastante cuando intentamos aplicarlo a la realidad. Y aún más si se trata de la realidad arqueológica.

Porque a la hora de sacar conclusiones, no sólo basta la realidad que tenemos ante nuestros sentidos. También cuenta, y muchísimo, la “idealidad” que tenemos en nuestra mente, que en el fondo será la que dictamine sobre cómo interpretar lo que captan nuestros sentidos y cómo estructurarlo para fundamentar las conclusiones (quizás vienen a cuento algunos post de hace meses).

Además, con el nivel tecnológico con el que actualmente se desempeñan las ciencias, incluida la arqueología, lo que definitivamente se pueda clasificar como evidencia no lo es por su inmediatez a los sentidos. Más bien lo es por la certeza que se obtiene tras la reflexión sobre los resultados de meticulosos análisis a los objetos en cuestión. Tómese como ejemplo, la "Casa del Gobernador" que hemos venido comentando en los dos anteriores post.

Pero para el tema que nos ocupa, y desde nuestra óptica de legos en cuestiones arqueológicas, podemos obviar estas dificultades. En el fondo toda la labor previa de análisis, síntesis y conclusiones nos viene dada por los expertos. Por los expertos, y a través de los medios de comunicación, sobre los cuales, y curiósamente tanto ateos como creyentes, les “aplicamos una fe” que poco tiene que envidiar a la de San Pablo.

Así, pues, en este contexto de historicidad bíblica, nos quedamos con la idea práctica de que evidencia arqueológica es la que proporcionan los descubrimientos que tras pertinentes análisis son vinculados por los expertos con algún relato histórico, sea bíblico o no. Ejemplo: La estela de Tel’Dan, que ya comentamos en el primer post de esta serie.  Tras los análisis oportunos, y después de los debates tras la sorpresa inicial de su descubrimiento, parece que se llegó a un consenso entre expertos, según se desprende de  lo afirmado por por Lester L. Grabbe: “...pero se observa actualmente de modo amplio como a) genuina, y b) relativa a la dinastía de David y al Reino Arameo de Damasco” (cita de “Ahab Agonistes. The Rise and Fall of the Omri Dynasty”, traducción tomada del artículo sobre la estela de Tel’Dan en Wikipedia).

 

Clarificando la hipótesis histórica

Incluso siendo profanos, como lo soy yo y supongo que la mayoría de los lectores de biblicamente.org, tenemos una idea bastante clara del concepto de hipótesis según se usa en las ciencias físicas : supuesto racional de cómo funciona la naturaleza que guía la observación y realización de ensayos con vistas a confirmar o descartar esos supuestos. Evidentemente, esas hipótesis no se sacan de la manga o de una baraja de Tarot. Son el resultado de reflexiones en la búsqueda de coherencia entre las diversas observaciones y ensayos previos.

Esta sencilla idea de lo que es la hipótesis en las ciencias físicas no tiene una transposición idéntica al ámbito de la arqueología y la historia. En las ciencias físicas se busca construir “imágenes mentales” del funcionamiento del entorno físico. Entorno físico que está presente en el momento en que los expertos trabajan con sus hipótesis, observaciones y ensayos en la búsqueda de la imagen mental más coherente con las informaciones sacadas del entorno.

Pero cuando de historia (o prehistoria) se trata, lo que se pretende es construir “una imagen mental” de lo que sucedió hace siglos o milenios. El investigador no puede en estos casos contrastar sus hipótesis directamente con la realidad de la que quiere obtener una imagen mental lo más fidedigna posible porque... “ya no existe esa realidad”. Sólo quedan trazos de lo que fue. Lo más que puede hacer es buscar coherencia entre las diversas fuentes de las que saca la información que analiza a fin de construir un relato sintético y fiable de todas las conclusiones obtenidas.

Dependiendo de las fechas, la historia y la arqueología pueden solaparse contribuyendo entre sí para fundamentar de esas imágenes mentales que nos hacemos de cómo fueron las cosas hace muchos años. Desde que el hombre pisó la tierra, aún sin proponérselo, ha ido dejando trazas de su existencia. Esas son las fuentes de la arqueología. En cambio, proponiéndoselo, desde hace unos 5.000 años algunos hombres dejaron registros escritos, los cuales actualmente estudian los historiadores.

Ese aproximadamente año 3.000 antes de Cristo marcó el hito a partir del cual es posible el contraste entre “los dichos y los hechos”. Las fuentes de los historiadores, (los “dichos”, recogidos en los escritos antiguos) tienden a contar las cosas al “gusto” del que escribió; por lo que se precisa mucha prudencia antes de dar por válido lo escrito. En cambio, las fuentes de los arqueólogos (los restos que dejaron los “hechos” de los antepasados), no pueden ser maquilladas para que la posteridad contemple una “versión” embellecida de lo que fue.

Es en este sentido que la arqueología puede ayudar a la historia aportando las evidencias que confirman la veracidad de los escritos antiguos. El periodista Charles Prestwich Scott acuñó la famosa frase: “La opinión es libre, pero los hechos son sagrados”. De claro enfoque periodístico, también retrata una certera realidad de lo que aportan los registros históricos por comparación con lo que muestran los registros arqueológicos. Escribir es relativamente sencillo y abierto a la imaginación y honradez del escritor. Construir (edificios, fortalezas, carreteras, carros, etc.) es mucho más arduo y los restos del resultado de la obra humana quedarán para que los arqueólogos puedan destaparlos y analizarlos sin los maquillajes que los escritores quizás aportaron a sus relatos.

(No hay que interpretar que toda Historia precisa el sostén de la Arqueogía. En la media que el historiador dispongan de diferentes fuentes escritas será capaz de construir relatos fiables sin necesidad de confirmaciones arqueológicas)

Por otra parte, los escritos antiguos también ayudan a la arqueología. No sólo para entender lo que se encuentra, sino también para saber donde buscarlo. Conforme a esto, podríamos decir que la historia marca la hipótesis de trabajo para el arqueólogo (buen ejemplo de esto es el descubrimiento de Troya, gracias al tesón de Heinrich Schliemann), y la arqueología encuentra las evidencias físicas que confirman la veracidad de los relatos antiguos (buen ejemplo es la “Casa del Gobernador”, que dio pie a esta pequeña serie de post).

Concluyendo:

La arqueología es la que nos aporta las evidencias físicas que confirman la historicidad de los relatos antiguos. En concreto, y en lo que nos ocupa, la historicidad de los relatos bíblicos.

Hasta hace varias décadas, podría tener justificación la descreencia (de "los sin Fe") en la veracidad de los relatos bíblicos, pero desde hace ya bastante tiempo, la arqueología está aportando tal cantidad de evidencias que persistir en la falsedad de los relatos bíblicos no es más que una exhibición de testarudez monumental (puedes echar un vistazo a lo que he recogido bajo la etiqueta “historicidad bíblica”, el cual no es ni mucho menos exaustivo).

Porque aunque no se crea en Dios ni en su relación con la Biblia, al menos sería honrado intelectualmente aceptar la veracidad de los escribanos bíblicos.

Pero…

… ¿Pero que pasa si la arqueología no encuentra las evidencias físicas que confirman la veracidad de los relatos antiguos?   ¿Acaso la falta de evidencias físicas es evidencia de su falsedad? ¿Qué diría Carl Sagan al respecto?

 

A continuación dejo enlace al informe de los expertos mencionados en el texto.

El informe de los expertos  Avraham Faust y Yair Sapir en la revista Radiocarbono.

Con Chrome podéis visualizar el anterior enlace traducido al castellano.

 

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