La Biblia desde el siglo XXI

En busca de las mejores creencias (Zuckerman 5)

25.06.2015 00:00
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Hace meses hice varios post comentando el trabajo que realizó el psicólogo Miron Zuckerman sintetizando una buena recopilación de estudios acerca de los niveles de inteligencia respectivas de ateos y creyentes.

En el último post de esa serie concluía que "cualquier juicio sobre la racionalidad o irracionalidad de las creencias ajenas siempre estará escorado por las propias creencias del que emite el juicio", por lo que "... la racionalidad no es el criterio válido para dilucidar sobré cuales creencias son las “mejores”".  Ciertamente era una conclusión bastante pesimista, por lo que avanzaba la idea de que sí se puede evaluar cuáles son las mejores creencias al margen de discusiones sobre fundamentos racionales.

Pues bien, justamente ha sido la publicación de otro post con un tema bastante paralelo el que me ha recordado esta deuda pendiente con los lectores, puesto que cuando avanzaba la idea de que sí se pueden evaluar cuáles son las mejores creencias también sugería una continuación.  El post que ha refrescado mi memoria ha sido el último de la serie que trata el Principio Antrópico y el tan discutido artículo de Eric Metaxas acerca del creciente apoyo que la ciencia está dando a la idea de que tras el origen de nuestro universo está una Súper Inteligencia [Metaxas 8].

¡Ojo!... que no hay contradicción.

En una primera impresión pueden aparecer contradictorios, puesto que en el último post sobre el trabajo de Zuckerman concluyo que "... la racionalidad no es el criterio válido para dilucidar sobré cuales creencias son las “mejores”", y en el último de la serie sobre Metaxas sugiero que la postura de los creyentes en un universo creado por Dios es mucho más razonable que la de los creyentes en universo generado por la casualidad.

Pero bueno, el hecho de que al artículo de Metaxas sea criticado por el profesor Lawrence (el ateo que responde al artículo de Metaxas, y al que yo estoy rebatiendo) es una buena prueba de que todo lo expuesto en ese artículo acerca de lo razonable que hoy día resulta creer en Dios de nada sirve para convencer a un “ateo ya convencido (de sus creencias)”. Lawrence parte de sus convicciones previas (lo que también llamamos “prejuicios”) y termina dándoles vueltas a su “manubrio mental” a fin de intentar justificar su postura y mantenerse en sus convicciones. (Bueno, tanto como yo mismo hago, aunque tengo la impresión de que con más éxito).

Por otra parte, la decisión de redactar el último post de la serie "Metaxas" intentando "calibrar" las creencias fue consecuencia de la conclusión del anterior, en el que terminaba diciendo que “Ningún cálculo de probabilidades puede demostrar que Dios esté en el origen del mundo. Y claro, aún mucho menos que el universo surgiese y evolucionase regido por el azar”. Y es que una cosa es poder afirmar taxativamente, sin lugar a discusiones por la presencia de pruebas o razones incontrovertibles;  y otra cosa bastante diferente es tener buenas razones para creer algo y obrar en consecuencia. Porque al que espera la certeza racional y absoluta para decidir el mejor camino a emprender, más le vale comprarse una hamaca cómoda ya que mucho le tocará esperar.

Un ejemplo "casero"

Un buen ejemplo es la típica polémica que suelo mantener con mi esposa acerca del camino más corto para ir a casa de mi suegra. Hay dos opciones: se puede ir por una carretera antigua, algo estrecha, pero bien asfaltada; o bajar hasta coger por una variante que bordea la ciudad. Solíamos discutir sobre cual camino coger. Ambos esgrimíamos nuestros argumentos: que si por un sitio hay más semáforos, que si es más largo, que si hay menos tráfico, que si en las rotondas se pierde mucho tiempo, que si depende de la hora,... Lo cierto es que nunca nos hemos puesto de acuerdo por más razones que cada uno haya esgrimido. Cada cual se considera con suficientes buenas razones para optar por el trayecto que considera más razonable.

Alguno pensará: “¡Que absurdo discutir sobre ese tema! Con medir unas cuantas veces la duración de ambos trayectos será suficiente para terminar con las polémica”.  No le falta razón. Y ahí quería yo llegar, pues poner en práctica las convicciones y comprobar los resultados es la mejor forma de salir de dudas acerca de si andamos acertados o más bien errados. Y claro, también es lo que podemos hacer si pretendemos decidir cuál es la mejor creencia respecto a la existencia de Dios o la existencia de un “azar muy creativo y afortunado”. Y con la expresión “decidir cuál es la mejor creencia” ya no me estoy refiriendo a un mero ejercicio intelectual sobre la existencia de Dios, sino a decidir si lo más razonable es vivir teniendo en cuenta a Dios o vivir al margen de Dios. Como dije en el último post de la serie “Metaxas”: “La decisión que tomemos en este asunto marcará radicalmente todos los ámbitos de nuestra vida. Dependiendo de la postura que tengamos en este tema, así interpretaremos la realidad que nos rodea (física o social) y así marcaremos nuestro comportamiento ante esa realidad. Además de las posibles implicaciones que tenga para el resto de nuestra existencia “fuera del mundo físico”.

La acción como recurso contra el bloqueo

Pues bien, este simple método es el que tenía yo en mente cuando terminaba el último post de la serie “Zuckerman” con estos párrafos:

“Y dado que al margen de la racionalidad, las creencias tienen otras consecuencias importantísimas para la vida, te puedo anticipar que sí, que existe posibilidad de evaluar cuales son las “mejores” creencias. ¿Cómo...? “Digamos que existe un método de evaluación que responde tanto a un enfoque de “inspiración bíblica” como a un enfoque de “inspiración científica”.

Sí, el método no es otro que parar de elucubraciones teóricas y comprobar los resultados prácticos.

El enfoque bíblico

¿Por qué digo que esta vía responde a un enfoque de “inspiración bíblica”? Porque hacer esto no es más que poner en práctica el consejo de Jesús: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:20).

Lo que aconseja Jesús está en un contexto muy determinado (Mateo 7:15-20), pero es un criterio de actuación válido para casi todo los ámbitos de la vida. Incluso para el mundo científico.

El enfoque científico

Porque esto mismo es lo que hace la ciencia cuando quiere comprobar la “bondad” de una teoría: ponerla en práctica y comprobar sus “frutos”. Si esos frutos (esas consecuencias) responden a lo previsto, entonces se considera una buena teoría. Se la reserva y se la tiene en cuenta para el futuro. Viene a formar parte del cúmulo de conocimiento científico (hasta que es desbancada por otra teoría mejor).

También para optar por Dios o por el azar

Pero... ¿cómo se hace esto para el caso de Dios o del "azar creador"? Y ¿cómo se comprueban los resultados?

Si fuésemos psicólogos o sociólogos podríamos pensar en dos vías:

La de lanzar experimentos con vistas al futuro, al largo plazo. En este caso, se podrían establecer dos tipos de comunidades y observar cómo evolucionan en las próximas generaciones.
     En unas, formando a los niños bajo la idea de que Dios existe, que hay vida más allá de la física, que existen unos criterios de actuación más elevados que los que marcan las apetencias biológicas, que “la ley del más fuerte” no es la más adecuada para la mayoría de conflictos sociales, etc.
     En otras, inculcando la idea de que existimos por casualidad, que la selección natural y la ley del más fuerte han conseguido individuos inteligentes y sociedades desarrolladas, y que más vale aprovechar el tiempo y disfrutar la vida, puesto que tras la tumba sólo hay cenizas.
     Si de veras se pudiese conseguir aislar estas comunidades de la influencias del resto del planeta, tras varias generaciones quizás se podría comprobar cuál de ellas habría obtenido mayores niveles de desarrollo, justicias social y felicidad de sus integrantes.
     Actualmente es impensable hacer un experimento como el descrito. Pero quizás en un futuro no exageradamente lejano se podrían plantear establecer colonias en otros planetas y realizar un verdadero experimento en esta línea.

La otra alternativa puede ser más viable. Simplemente consistiría en aprovechar las experiencias que de forma espontánea ya se han producido en la historia.
     Tenemos bastantes ejemplos de sociedades que han basado la educación y la convivencia sobre los supuestos teístas (más concretamente estoy pensando en sociedades basadas en criterios bíblicos). Y también tenemos ejemplos de sociedades que han basado la educación y la convivencia bajo el convencimiento de que sólo hay materia en azarosa evolución. Hay suficientes datos como para poder analizar los resultados de ambos planteamientos vitales y sociales.
     Pero “cuidado”, sin caer en el tremendo error (probablemente inconsciente) en el que suelen caer los análisis simplistas que en más de una ocasión he oído. Me refiero al error de comparar sociedades pertenecientes a diferentes épocas de la historia humana. Esto sería tanto comparar resultados de comportamiento social de niños de 4 años con adultos de 45.
     No es riguroso comparar sociedades de hace cientos de años con sociedades contemporáneas, donde la mayor parte de los valores cristianos (valores teístas) han calado hasta el punto de que una gran parte de los miembros de las sociedades modernas los tienen interiorizados sin tener consciencia de que justamente son principios que emanan de la Biblia, el Libro fundamental de los que optan por vivir teniendo en cuenta a Dios (como casi siempre, me refiero al contexto judeo-cristiano).
     Por ejemplo, sin muchos siglos de distancia, puedes evaluar lo que en Europa del norte se produjo tras el énfasis puesto por los reformadores promover la lectura de la Biblia y la difusión de sus valores (estos post pueden ayudarte: Pincha primero en este, y luego sigue con el enlace que hay al final) y lo que resultó de eliminar por la fuerza la religión y la idea de Dios en países como la Rusia comunista, la Camboya maoísta de los Jemeres Rojos, o los mismos estados actuales de Corea del Norte o China.

Pensando "a lo chico", y a los propio

Ahora bien, ya que la inmensa mayoría no somos ni psicólogos ni sociólogos, mejor olvidar ese tipo de experimentos. Lo que sí podemos hacer es “experimentar con lo que más a mano tenemos”. Y lo que más a mano tenemos “somos nosotros mismos”.

El problema de experimentar con uno mismos es que la objetividad científica “se va al carajo”. Si el sujeto del experimento eres tú mismo, ¿a qué probar con otras opciones si con la que tienes te va bien?

En este sentido, a los que ya optaron por tener a Dios en cuenta para sus vidas no les aconsejaría yo que probaran a desterrarlo para ver que tal resulta el cambio. Supuesto el caso de que aún no estén disfrutando una vida como la que Jesús proporciona (Juan 10:10), me supongo que optar por el abandono sería “caer en Guatepeor”.

Y a los que hasta ahora optaron por pasar de Dios, si es que les va bien en la vida, no tendrán mucho interés en comprobar que tal les iría acercándose a Él.  Pero si no es tu caso, si realmente no te sientes nada satisfecho con tu vida lejos de Dios, estás en buenas condiciones para probar la otra alternativa (Mateo 11:28).

Aunque las probabilidades apuntan de forma abrumadora a que hay Inteligencia Suprema tras nuestro Universo (de eso trata el artículo de Metaxas que venimos tratando en varios post) es preciso reconocer que no hay argumentos definitivos que lo demuestren de forma irrefutable. Por eso elegir la opción teísta o atea con las implicaciones vitales que supone sigue siendo una elección muy personal e importante. Incluso más importante que la elección del conyugue, el trabajo o la casa con la que hipotecarse.  Y claro, en una elección tan importante y de tanto riesgo, conviene pensarlo muy bien, para lo cual te sugiero que leas este post.

 

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